| La mezcla de
edificios de distintas alturas y profundidades estropea
los barrios.
Buenos Aires es un collage de medianeras, un festival
de edificios desparejos y desordenados que muchas
veces resulta francamente desagradable . A pesar de
eso, a muchos turistas les parece pintoresco, simpático,
característico. Claro que ellos no tienen que
vivir acá y sólo conocen los cuatro
barrios armados para su satisfacción en los
que el medianerismo porteño es casi un ikebana
urbano.
El caos de edificios de distintas alturas, profundidades
y alineaciones no sólo estropea a la mayoría
de los barrios, sino que trae problemas ambientales,
como afirma el urbanista Marcelo Corti: “El
desorden produce deficiencias paisajísticas,
pero también de asoleamiento, ventilación
y privacidad entre edificios. Además de afectar
la calidad del espacio público en calles y
plazas”.
Por suerte hoy, entre técnicos urbanistas
y políticos existe el consenso de que las próximas
leyes urbanas deben establecer una forma concreta
para la ciudad, teniendo en cuenta lo existente y
lo nuevo. Será lo que se llama un código
morfológico, en contraposición al que
existe ahora que podríamos llamarlo “abstracto”.
Pero no es que los códigos abstractos no busquen
que la ciudad tenga una forma determinada, el problema
es que imaginan una renovación completa de
la ciudad en un plazo más bien corto. Pensados
de esa manera, los planes resultaban coherentes en
los papeles, en el mundo platónico de las ideas
o cuándo, en un futuro que nunca llega, todos
los edificios de la ciudad son renovados. Los códigos
que rigieron (y todavía rigen) a Buenos Aires
alientan esa sustitución y es así como
nacen las demoliciones epidémicas que padece
cíclicamente la Ciudad.
Ahora, mientras llega el futuro soñado, todos
vivimos en una ciudad a medio reformar , con huellas
de cada uno de los distintos códigos en todas
las cuadras.
Todo empezó hace tiempo, antes del Código
de Planeamiento Urbano. En aquella época, el
código que establecía la forma de Buenos
Aires era el de Edificación. Pero, esa norma
logró plasmar su fórmula sólo
en grandes avenidas como Santa Fe y Rivadavia, donde
se pueden ver cientos de edificios de departamentos
entre medianeras que forman paredes continuas de balcones
y ventanas. “Esto ocurrió entre los cincuenta
y los sesenta, se completaron las avenidas principales,
pero en el resto de la ciudad dejó una secuela
de medianeras enormes a la vista y edificios de 8,
10 o 12 pisos aplastando a sus vecinos bajitos, como
solitarios gigantes de una manzana distorsionada”,
señala Corti.
El actual Código porteño no lo hizo
mejor. Entró en vigencia en 1977 y, aunque
sufrió cientos de modificaciones, sobrevivió
con la misma idea con la que nació: apoyar
la unificación de parcelas, la construcción
de torres que hoy muchos vecinos odian, la creación
de pulmones verdes en el centro de las manzanas y
eliminar los patios de aire y luz para que los departamentos
entre medianeras fueran más dignos.
Si bien en un principio, el Código actual
establecía muchas restricciones a la superficie
que se podía construir en cada lote (fue pensando
para una ciudad de 3 millones de personas), las modificaciones
levantaron las restricciones e impulsaron el boom
constructivo que ya sufren los barrios más
caros.
El código que se planee para el futuro inmediato
de Buenos Aires, debe otorgarle especial importancia
a la forma de la Ciudad, pero lo más importante
es que considere a la manzana y a la cuadra como las
piezas principales del tejido urbano para respetar
las características de cada barrio y preservar
áreas por sus rasgos y no sólo edificios
aislados.
Como bien sabemos, la Ciudad no cambia de un día
para el otro. Está en constante cambio, y ese
proceso puede ser bello.
Por Miguel Jurado
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